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miércoles, 21 de diciembre de 2011

LA BATALLA CONTRA LOS FRANCESES EN MASPALOMAS, EN 1685. (1ª Parte)

Iglesia antigua de Agüimes donde fueron enterrados los milicianos, en el momento de contrucción de la nueva entre 1890 y 1900. Archivo FEDAC.

PABLO GUEDES GONZÁLEZ.

Por este nombre nos describen los escribanos de la villa de Agüimes  un hecho de armas desarrollado en Maspalomas en el que murieron cinco milicianos de la comarca. Lo único que conocemos y que ha quedado para la historia sobre estos hechos es la constatación de la defunción de los fallecidos en el Archivo Parroquial de Agüimes, hecho que fue sacado a la luz en 1981 por Juan Mendez Castro en un artículo titulado Franceses en Maspalomas en 1685”

En el enfrentamiento mueren el capitán Diego Romero, el alférez Sebastián Bordón de Sotomayor y los 5 milicianos: Francisco de León, Francisco Artiles Melián, Juan Pérez Macias, Juan Rodríguez Peña y Juan de Artiles.

En la partida de defunción del capitán, con el mismo texto para los demás fallecidos, figura:

Recreación de la Batalla de Tamasite en Tuineje ( Fuerteventura,)
 contra los ingleses en 1740. Foto: bienmesabe.org
“En veintiuno de septiembre de mil seiscientos ochenta y cinco, falleció el susodicho capitán don Diego Romero, vecino de esta Villa, Ab intestato. Enterrose en el pago de Maspalomas por haber muerto riñendo con los franceses y no poderle traer a la parroquia”. (Archivo parroquial de Agüimes, libro 1º de Colecturías, folios 197 recto y siguientes.)

Un año después, el 9 de septiembre de 1686, los restos de los muertos, transcurrido el tiempo de putrefacción, son trasladados a Agüimes, para ser sepultados en la parroquia en un acto con bastante pompa.

“En nueve días del mes de septiembre de este año de mil seiscientos y ochenta y seis, trajeron de Maspalomas los cuerpos del capitán D Diego Romero, alférez Sebastián Bordón, Francisco de León, Juan Pérez Macías, Francisco de Artiles, Juan Rodríguez Peña y Juan de Artiles, los cuales estaban enterrados en el pago de Maspalomas (…) y se enterraron en esta parroquia todos en una sepultura de la iglesia, la cual se les dio de gracia...” (Archivo parroquial de Agüimes, libro 1º de Colecturías, folios 211 recto y siguientes.)

Los hechos son catalogados en la época como batalla e incluso como guerra. Así tenemos un protocolo del escribano Lucas Betancourt, el 17 de octubre de 1685 expresando que las autoridades ordenan hacer el inventario de los bienes de los fallecidos “en la guerra que hubo en Maspalomas con los franceses” (AHPLP, Legajo 2504, folios 466 y sigs.) y otro protocolo del mismo escribano indicando que el capitán don Diego Romero “había muerto en batalla que tuvo con los franceses en Maspalomas” (AHPLP, Legajo 2505, folios 548 y sigs.)

Hasta aquí lo poco que conocemos del ataque. Seguidamente aportaremos información de como era en aquellos tiempos la defensa del sur de la isla y de otras acciones  de armas que nos van a ayudar a hacernos una idea de como se debieron desarrollar los hechos de 1685.

Los Rebatos o Alarmas.

Desde la época aborigen se establecieron atalayas de vigilancia en lugares altos de la isla para dar la señal de rebato en caso de divisar naves enemigas y en su caso huir al interior de la isla o preparar la defensa. Ya hemos comentado en varios artículos la función de Montaña de Las Tabaibas, como atalaya de vigilancia además de montaña sagrada, (AMURGA, EL SANTUARIO PERDIDO V. LOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS DE MONTAÑA DE LAS TABAIBAS.)

Después de la conquista, continuaron estas atalayas de vigilancia y se establecieron otras. Todos los habitantes conocían lo que debían hacer cuando había una alarma, hecho  muy frecuente, debido a la constante presencia de piratas y corsarios y por las continuas guerras contra Francia, Inglaterra, Holanda o contra los berberiscos.

Un ejemplo de protocolo en caso de alarma lo tenemos en 1805, cuando se dictaron normas de un plan de defensa y actuación que debió de haberse hecho de forma parecida en las épocas anteriores:

“...la atalaya de La Isleta al divisar formaciones al menos de cuatro buques grandes lo señalarán al Castillo de La Luz y este mediante bandera al de Santa Ana, que disparará un cañonazo. Inmediatamente la plataforma disparará otros dos sin bala y el Castillo del Rey o San Francisco disparará tres, de ellos dos hacia el interior. Los milicianos acudirán a las armas. El humo de la atalaya implicará que todas las del resto de la Isla mediante el mismo método anuncien el peligro. Al primer disparo las campanas de las Iglesias tañeran a rebato para alertar al vecindario. En caso de segunda alarma, confirmatoria, el vecindario inútil para la defensa se retirará al campo y si es de noche dejarán encendido el farol de sus casas. Los milicianos acudirán a los puntos señalados por sus jefes y el paisanaje a las playas ya citadas. El paisanaje debe acudir con sus garrotes, rozaderas y armas, así como azadas, palas y picos”. (Antonio Bethencourt Massieu: Defensa militar de Gran Canaria)

Como medida de precaución, las villas y poblados antiguamente se asentaban en lugares no visibles o retirados de la costa. Tales son los casos de Tunte, Santa Lucía, Agüimes.

Las Atalayas

Algunas de las antiguas atalayas son hoy día conocidas, porque han dejado el nombre en la toponimia del lugar. Tal es el caso de La Atalaya de Santa Brígida y La Atalaya de Guía. 

Las atalayas del sur de la isla, estaban a cargo de las compañías de la población  cercana donde se situaban y eran tres, una en el Puerto de Melenara, otra en Agüimes, a una legua del mar y la última en Tirajana, demarcación de la 8ª Compañía, desde la cual se divisaba toda la costa del sur, desde la Playa y Puerto de Gando, hasta el Charco y Puerto de Maspalomas. (Miguel Hermosilla: Ob. Cit. Pág. 43.)

El servicio de guardas y atalayeros se realizaba por los milicianos en estos puntos elevados, donde estaba prohibido coger leña, pues esta era destinada a las hogueras, que debían hacerse para avisar a la población, cuando había rebato con señales de humo convenidas cuando descubrían velas extrañas. Como ya hemos comentado, la alarma, cuando se veía la señal de humo, se extendía por la población al sonido de tambores, caracolas o campanas. Las mujeres ancianos y niños, salían en desbandada, temerosos hacía las montañas del interior. Todos los hombres útiles se dirigían al lugar de reunión para combatir.

El Regimiento de Telde.

La defensa del sur de la isla desde Jinamar hasta Veneguera, estaba encomendada a este Regimiento que junto con los de  Guia y Las Palmas defendían Gran Canaria. El regimiento lo componían un número de compañías que según las épocas iban desde 9 hasta 14, siendo las del sur las compañías de Agüimes y Tirajana, normalmente la 7ª y la 8ª.

Las compañías estaban constituidas por todos los hombres que pudieran portar un arma a partir de 16 años, que tenían que llevar su propio armamento, ya que la corona no los pertrechaba, y este consistía en picas, palos, piedras y hondas.

Según Francisco Tarajano, “…en 1776, el capitán del Regimiento de Telde, D. Sancho Figueroa, al hacer la distribución territorial de las milicias, afirmaba que la quinta y sexta compañías correspondían a Agüimes, con los anexos de Ingenio, Sardina, Aldea Blanca, Juan Grande, Arguineguín y Maspalomas”. (La bandera de Agüimes ). A esta compañía, era a la que pertenecían los milicianos muertos, pues son enterrados en la villa de Agüimes.

En otras épocas, por intereses políticos se cambió la distribución y mandos de la compañía,  cambio que duró poco tiempo puesto que según Francisco Tarajano  Pérez “los antiguos agüimenses consideraron que sus costas se extendían desde Gando al Castillo del Romeral”, y a su vez los antiguos habitantes de Castillo del Romeral también se consideraban de Agüimes, pues era la villa más cercana y sus vecinos recibían el bautismo, se casaban y eran enterrados en Agüimes.

Milicianos de Canarias.
 Así, en 1770 se agrupó la 7ª compañía en los territorios del condado, de Aldea Blanca y Juan Grande, escasos de población a los que se les añaden Sardina (sin nombrarla) y Santa Lucía con su entorno dejando fuera a la villa de Agüimes. Según Angel González (Mapa y estado de Gran Canaria del marqués de Tabalosos (1770-1776)) en la configuración de esta  hubo influencias políticas claras, pues el capitán Sancho de Figueroa, oficial encargado de establecer las divisiones,  estaba emparentado con las familias Rocha (dueños de las salinas y la Casa Fuerte de Santa Cruz del Romeral) y Castillo (dueños de las salinas de Abajo y de las tierras del condado) para conseguir formar un distrito con estos territorios.

El marqués de Tabalosos, comandante general de las islas, permanecerá dos de los seis días que emplea en visitar por primera vez el Regimiento de Telde, en Septiembre de 1775, en el Castillo de las Salinas del Romeral y en la Casa Condal de Juan Grande como huésped de Antonio Lorenzo de La Rocha y de Fernando Bruno del Castillo, (este último obtendría, dos años más tarde, el título de Conde de la Vega Grande).

A lo largo de todo el siglo XVIII, el coronel al mando del Regimiento siempre lo ostentará el cabeza de la familia más poderosa, en este caso el Conde de la Vega Grande, y cuando este ocupe una posición militar superior, en este caso gobernador de Gran Canaria, será ocupado por el miembro destacado de la familia Rocha. Así Antonio de la Rocha como su padre y su hijo, fueron coroneles del regimiento y Fernando Bruno fue primero coronel y después  gobernador  de las armas de Gran Canaria.

Restos humanos hallados en el "Balache de los Muertos", al sur de Castillo del Romeral.

Los oficiales y mandos del regimiento, que debían dirigir a los milicianos, también eran voluntarios, por lo que el mando estaba en función del estatus social del que lo detentaba. Es de suponer que los que dirigían a los campesinos en las tareas agrícolas, eran a su vez los que los mandaban en la milicia. Por tanto los milicianos eran a la vez sus subordinados en lo militar y sus medianeros o trabajadores de sus haciendas.

El coronel Pedro Nava Grimón, en 1757, procedente de Tenerife, desempeña el cargo de coronel durante unos cuantos meses y nos hace una descripción de las tropas de la milicia (La Revista del regimiento de Telde de 1757. Bethencourt Massieu):

“debiedo decir a V.E. ser esta una gente muy propia para la guerra, pues su osadía y gran sufrimiento en toda especie de trabaxos, vniendose tener una talla ventajosa”.

Comentando la altura física de los milicianos que les permitía llevar ventaja en la lucha. 

(En la segunda parte del artículo, aportaremos datos inéditos sobre la Casa Fuerte de Santa Cruz del Romeral y sobre el "Balache de los Muertos" y daremos nuestra interpretación de como pudieron haber sucedido los hechos en el ataque de 1685)

1 comentario:

  1. En hora buena por este blog, dese ahora lo seguiré con mucho interés.

    Saludos.

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